Transcribimos un articulo muy interesante de la web Naucher Global del 30 de marzo del 2020.

Seguramente todo aquel que tenga relación directa con el mundo marítimo (que, por cierto, es increíble ver cuántas ramificaciones y especialidades tiene) o tenga conocimientos sobre él, me pueda tachar de ignorante, loco o mentiroso….

Pero, antes de juzgarme, permítanme que se lo argumente:

El pasado día 14 de marzo, el Gobierno, mediante el RD 463/2020 declaraba el estado de Alarma para la gestión de la crisis sanitaria ocasionada por el Covid-19 hasta el día 29 de marzo, y por RD 476/2020 de 27 de marzo, hasta las 00:00 del día 12 de abril tras aprobar una prórroga el Congreso de los Diputados. Justo desde ayer domingo, día 29 de marzo, sólo se permite trabajar a los que pertenecemos a los llamados “Servicios esenciales”, desde este lunes 30 de marzo y hasta el 9 de abril. (Acceda al RD desde el siguiente enlace).

El artículo 7 enmendado del citado Real Decreto trata sobre la limitación de la libertad de circulación de las personas. Esta medida de limitar movimientos y estar confinado no resulta nueva para los marinos mercantes. Tras una vida dedicada a la mar, lo único que nos falta es que nos salgan escamas y branquias y que, cuando vayamos al Instituto Social de la Marina a pasar la ITV de los marinos o el reconocimiento médico, la analítica de sangre dé como resultado una alta concentración de acero en vena.

Bromas aparte, y exceptuando a capitanes y jefes de máquinas no obligados a hacerlas, cuando salimos de guardia después de hacer el relevo con el compañero, ya sea en navegación, en puerto, en campo de boyas… sentimos una felicidad inmediata al liberarnos de toda responsabilidad, aumentando ésta si tu relevo llega al puente –o donde toque hacerlo- 15 minutos antes, si aparece justo a tiempo, los 10 últimos minutos estaremos pensando si se habrá quedado dormido…

Esa felicidad se difumina rápidamente justo cuando nos damos cuenta de que no podemos ir a ningún sitio, como por ejemplo visitar a la familia, a los amigos o disfrutar de la ciudad en la que estemos. Lo único que tenemos es recluirnos en nuestro camarote para leer, escuchar música, ver películas o la televisión, aunque muchos aprovechamos para estudiar. Otra opción es acudir a las salas comunes del barco como el gimnasio, biblioteca… y como una campaña da para mucho, seguro que alguna que otra vez hemos charlado con el cocinero, jefe de máquinas, contramaestre, o con cualquier otro tripulante del buque. Todo ello para ocupar nuestro tiempo libre en cualquier cosa hasta que, por fin, toca descansar para afrontar la siguiente guardia perfectamente descansados, eso si no surgen emergencias o tenemos ejercicios o reuniones.

Esa es la rutina normal de los marinos mercantes: un continuo estado de alarma y confinamiento a bordo. Lógicamente hay excepciones, afortunados ellos que pueden pisar tierra firme. Pero son pocos. Los avances tecnológicos hacen que las estancias en puerto sean cada vez por menos tiempo, los petroleros que van de monoboya a monoboya, ni eso.

Ese confinamiento lo tienen a día de hoy millones de hogares en todo el mundo, pero no pasa nada, hay que ser positivos y pensar que estamos ayudando a matar al bicho.

Otra característica que identifica a los marinos es la amplia formación que recibimos, inicial y de actualización. Tengan en cuenta que en los barcos no tenemos médico, salvo excepciones, ni bomberos, ni jueces, ni policías, ni Defensor del Pueblo… así que no nos queda otra que, en primera instancia, intentar solucionar cualquier problema que surja abordo con los medios humanos y materiales que tengamos.

Del exterior tenemos ayuda de la DGMM, Salvamento Marítimo, capitanías marítimas, centros radiomédicos, estaciones costeras, autoridades portuarias, Servicio de Ordenación, Coordinación y Control del Tráfico Marítimo Portuario… y, por supuesto, de cualquier buque en las proximidades de nuestra posición. En puerto tenemos acceso, además, a todo lo que puede optar cualquier persona de forma inmediata: ambulancias, bomberos, hospitales…

Llega el momento de desembarcar y la euforia recorre todo nuestro cuerpo. Preparamos maletas y le hacemos al compañero entrante el relevo explicándole todo, aunque siempre se nos queda algo en el tintero.

Cuando llegamos a nuestro lugar de residencia, después de una larga y dura campaña, tenemos la sensación de ser extranjeros, observamos cómo la gente camina y habla, como los pájaros vuelan, los bares están abarrotados, aquella rotonda que no sabemos si ya estaba allí o es nueva… en fin, lo cotidiano para mucha gente se convierte para nosotros en algo extraordinario. Todo lo miramos con interés.

Seguimos entonces con nuestra adaptación personal a la vida terrestre, durante el camino de vuelta a casa. Pensábamos que nuestros amigos, familiares y conocidos de alguna manera nos habrán echado de menos; y así es. Pero ellos siguen con su rutina, no están ahí para lo que nosotros queramos y, lógicamente, no es porque no quieran, simplemente porque no pueden. Además, nos hemos perdido bodas, bautizos, cumpleaños, nacimientos y otros eventos sociales. En ese momento de desconcierto nos percatamos de que los únicos que nos hemos perdido somos nosotros. Todo ya es irrecuperable. El tiempo en los barcos te hace desaparecer de la sociedad aún estando en contacto con los tuyos por teléfono, vídeo llamada o Skype; pero no es lo mismo.

Del mismo modo, el tiempo de confinamiento en casa es irrecuperable, pero más que necesario para acabar con el bicho.

Un amigo de profesión me contó una vez que, en su periodo de adaptación a la vida terrestre, estuvo varios días en casa duchándose y moviéndose de lado a lado como si estuviera en el barco soportando balances. Esa campaña había sido muy dura para él, con un temporal tras otro…

Eso sí, por alguna extraña razón que desconozco muchos de los que dejamos de navegar sentimos añoranza de nuestra profesión y de esas maravillosas guardias de mar donde lo único que ves a tu alrededor es horizonte. Yo creo que los que dicen que el mar engancha tienen razón. La mayoría de nosotros no entenderíamos nuestras vidas dedicándonos a otra cosa. La comunidad portuaria en toda su extensión contribuye a algo muy importante: el abastecimiento, por ello somos servicios esenciales.

Hoy en día, con el estado de Alarma y confinamiento al que estamos obligados, todas las personas se comportan en casa como los marinos mercantes: agudizando el ingenio e imaginación para pasar el tiempo lo mejor posible, como si estuviéramos en plena campaña a bordo de un barco en medio del Atlántico, máxime cuando hay niños de por medio, que si bien son una bendición, a veces te quedas sin recursos para entretenerlos y, por si tuviéramos poco, ahora también somos profesores. Pero nos da lo mismo. Las características más importantes de los marinos son la capacidad de adaptación ante cualquier escenario al que nos enfrentemos y el trabajo en equipo.

Cuando esto acabe, saldremos a la calle para hacer vida normal y seguiremos comportándonos como marinos mercantes, mirándolo todo a nuestro alrededor como si estuviéramos recién desembarcados. Poco a poco volveremos a la normalidad sintiendo que estamos más unidos que nunca, incluso con la gente que no conocemos de nada, por haber luchado en equipo.

Respecto a las personas que están en primera línea (personal sanitario, policías, guardia civil, bomberos, UME,… y en definitiva todos aquellos que de forma activa (trabajando) o pasiva (¡quédate en casa!) luchan durante esta alerta sanitaria para acabar con el bicho, acepten por favor esta humilde invitación para formar parte del gremio de la Marina Mercante.

Esas fuerzas que sacáis de donde ya no quedan ni reservas, esa capacidad de adaptación continua y ese sentimiento del deber de ayudar a todas las personas es admirable; esas cualidades que todos estáis demostrando a diario hacen que estéis hermanados con los marinos.

Un claro ejemplo de lo anterior es ver como el personal sanitario fabrica y usa material rudimentario de protección, sabiendo de sobra que no están bien protegidos, jugándose el tipo por no decir la vida. A bordo solucionamos los problemas con lo que tenemos.

También es evidente que cualquier objetivo común hace la unión. En este caso, eliminar de nuestras vidas al maldito bicho, ese maldito coronavirus, como cuando hay un incendio a bordo y todos, sin excepción, luchamos para extinguirlo.

Hemos visto estos días multitud de gestos solidarios como ocurre en los barcos cuando hay problemas. Todos arrimamos el hombro: donaciones de dinero y material sanitario por parte de particulares y empresas, comida y bebida para transportistas, cesión de hoteles… todos nos adaptamos a las nuevas circunstancias con un objetivo común: parar esta pandemia haciendo llegar material sanitario y artículos de primera necesidad allá donde se necesite, quedándonos en casa y habilitando lugares para los enfermos que antes de esto, disfrutábamos en familia.

Ahora entenderán ustedes el título de mi artículo. Cuando esto acabe, y será pronto, parecerá que todos miráis a través de los ojos de los marinos mercantes, sobre todo por haber hecho muchísimo con muy poco y haber hecho campaña en casa como si de un barco se tratase. ¡Bienvenidos a bordo!

Gracias a todos por vuestra lucha.

¡Ánimo y fuerza!

 Sergio Núñez Hurtado

Marino Mercante.

Práctico de Valencia.

Marino mercante: la profesión del futuro